LOS
COMIENZOS DEL ROTARY CLUB DE ESCOBAR
Por Canio Nicolás Iacouzzi
INTRODUCCIÓN
En
el mes de marzo de 1983 la Junta Directiva del R.C.
de Escobar me encomendó la publicación de las memorias
relacionadas con lo que hicimos en los primeros meses
de vida de nuestro Club, hasta llegar a la entrega de
la Carta Constitutiva. Con
el motivo de rememorar esos gratos recuerdos, hoy se
vuelven a publicar esas páginas que, mediante el propósito
de celebrar las bodas de plata del Rotary Club de Escobar,
hicieron su primera aparición hace catorce años.
La
obtención de nuestra Carta Magna había sido fijada,
por la Secretaría de Rotary Internacional, para el siete
de enero de 1958, fecha que, por motivos prácticos,
se optó por trasladarla al día diez de mayo. Dichas
memorias se venían ya relatando en forma de programas
durante las normales reuniones del Club, despertando
el interés de los oyentes.La
Junta Directiva vigente, en la proximidad del cuadragésimo
aniversario de la Institución, vuelve a encargarme
la recopilación de todo lo publicado en ese entonces.He
aceptado con sumo placer la tarea, puesto que, al volver
sobre lo ya escrito hace casi tres lustros, tengo la
sensación de retrotraerme a los momentos agradables
y apasionados que nos llevaron a la recepción de la
Carta Constitutiva.He
respetado escrupulosamente todo lo que pude volcar en
el librito que se imprimió en el mes de abril de 1983,
para no deformar el contenido de las noticias transcriptas
en él.Sinceramente
espero que los actuales integrantes del Rotary Club
de Escobar sepan entender esas genuinas formas de expresión
que recuerdan el nacimiento de una de las instituciones
importantes de Escobar: las obras realizadas pueden
corroborarlo.He
invertido treinta y tres años de mi vida formando parte
de las líneas avanzadas del R.C.de Escobar, y sigo pensando
que fue una muy buena inversión. Aún
estando fuera de Rotary, sigo practicando los mismos
principios que me alentaron durante todos los años de
mi permanencia en él. Tal vez será por el estilo de
vida que elegí y que pienso seguir practicándolo por
el resto de mi existencia. Agradezco
la preocupación del Presidente Juan Carlos Papa por
haberme dado la posibilidad de ocuparme una vez más
de las cosas de Rotary. Deseo,
con este modesto aporte, poder colaborar a una feliz
estructuración del Club, orientándome en modo particular
hacia los que han ingresado recientemente y no tienen
bien claro la mecánica de la Institución. Ellos son
los encargados de perpetuar los principios rotarios,
con sumo beneficio de los demás y también en provecho
propio. En un mundo de descreimiento casi total, son
argumentos que todavía tienen plena vigencia. A
los que ya tienen años en Rotary le digo que siempre
habrá en Escobar un Rotary Club eficiente mientras haya
alguien que recoja la antorcha y se proyecte con ella
hacia el futuro.
Con
mucho cariño
Canio Nicolás Iacouzzi
Escobar,
agosto de 1997
PRÓLOGO
A LA PRIMERA EDICIÓN
Al
aceptar la honrosa, aunque no fácil, tarea de prologar
este relato de la vida rotaria de nuestro Club, en su
25º aniversario, estimaba que encontraría en el contenido
de sus párrafos tan solo la demostración de un nuevo
“acto de servicio”.Muy
pronto tuve la oportunidad de modificar este concepto
puesto que, al imponerme de su escrito, descubrí que
a través de la prolijidad y continuidad de sus relatos,
volví a vivir gratísimos momentos rotarios que tenía
relegados en un injusto olvido; en fin sentí, junto
a mis amigos, que ayer fueron y que hoy son, aún alejados
de la vida rotaria.Creo
que en ello está precisamente el gran mérito de este
relato, al que debemos valorar no sólo por su exactitud
cronológica sino fundamentalmente por su fuerza evocativa,
que se impone al lector naturalmente; como sólo lo logran
aquellos que escriben con afecto hacia el Amigo, con
cariño hacia la institución y con apego a la identidad
filosófica que nos congrega.
Raúl
Fellay
Escobar,
10 de mayo de 1983
EL
“RACCONTO”
El
“racconto” de nuestro Club es el de cualquier otro Rotary
Club, es el testimonio de tantos esfuerzos y buenas
voluntades hacia un mismo fin, es la genial locura de
un puñado de hombres que, a pesar de los tropiezos con
las dificultades diaria de la vida cotidiana, creyeron
en sus semejantes. Es el relato supremo de cómo no
cortar el hilo que nos une a nuestro mundo.También
es la reseña de lo sublime que este núcleo ha venido
realizando, convencidos de estar preparados a jugarse
y, por supuesto seres humanos al fin, a equivocarse.Los
que asumen la cómoda posición de participar en el mundo
sólo mirándolo de la inocua baranda de un balcón, no
se equivocarán jamás.Un
acontecimiento, una manifestación, un hecho que parece
baladí en el momento en que se produce, si los proyectamos
en el futuro, filtrados a través de tiempo y de las
consecuencias que pudieron provocar, van construyendo
el camino de la institución.Es
así como, aplicando la cuenta regresiva, hurgando en
los archivos y en los recuerdos, una carta, una anotación,
un párrafo de un acta apenas legible, constituyen el
material necesario, del cual brinca, con toda la prepotencia
de un hecho irreversible y con la ternura de un hijo
pródigo, el “Racconto de nuestro Club”.Han
transcurrido ya veinticinco años, e intentaremos cristalizar
el propósito de describir en forma amena como recorrimos
el camino que nos llevó al diez de mayo de 1958, o sea
a la ceremonia de “entrega de la Carta Constitutiva”.
Esta fecha fue solamente simbólica. Conviene recordar
que la fecha real de la mencionada entrega fue el siete
de enero de 1938, tal como consta en el Documento Oficial
recibido de la Secretaría de Rotary Internacional. La
fecha del diez de mayo fue una fecha de conveniencia
puesto que en el mes de enero, debido a la época de
las vacaciones, no se podía esperar una concurrencia
de público a la ceremonia, acorde con un evento tan
importante.LOS
PRIMEROS PASOSCon
tantos clarividentes, alguien tenía que darse cuenta
que en Escobar cabría un Rotary Club: fueron nuestros
buenos amigos de la ciudad de Campana. Iniciadas las
gestiones previas, tropezaron con que al R.C. de Pilar
le tocaba ceder la mayor parte del territorio necesario
a la formación del nuevo Club, así que los rotarios
de Pilar consideraron muy oportuno continuar la tarea
encaminada por los de Campana. Estos, ética de camaradería
mediante, dejaron vía libre a la concreción de la idea,
de modo que el R.C. de Pilar se erigió en nuestro Club
Padrino. Todo ocurrió casi a mediado del año 1957.Los
límites del Club fueron determinados aproximadamente.
Más tarde, en 1960, con la creación de Partido de Escobar,
se convino que los mismos coincidiesen con los límites
del Partido. Entre
los socios del R.C. de Pilar cuatro eran residentes
en Escobar: Cesar y Justo Ballester, Emilio Vergani
y Arnoldo Wassermann. Se concertó que no todos ellos
se alejarían del R.C. de Pilar para integrar el nuevo
Club; caso contrario el Club Padrino se vería desmembrado
y afectaría hasta su misma supervivencia.Era
gobernador del Distrito 489, Manuel José Crespo del
Rotary Club de Chacabuco, quien confió a César Ballester
la organización de nuestro Club, la que fue hecha en
la base de las clasificaciones cubiertas y vacantes.
Todo esto lo ignorábamos en ese momento y desconocíamos,
la mayoría, la existencia de Rotary.Un
día, en una de las visitas que yo realizaba casi diariamente
al corralón de “Los Dos Cuñados”, ubicado en el mismo
sitio de la “Casa Manuel Rizzardi”de hoy, aunque mucho
más modesto, se me acerca Manuel para preguntarme, de
improviso, si conocía algo de Rotary. A él alguien
le había informado ya. No recuerdo exactamente cómo
me lo explicó, lo cierto es que debí aparentar de haber
entendido poco. Al fin Manuel quiso salir del apuro:
“Mirá, me dijo, venite esta noche a casa del Dr.Ballester,
allí te lo explicarán mejor. Si después no te agrada,
no venís más y chau”. Me intrigó la proposición, y
a la hora fijada, estaba en la vieja casa de Don César,
la que fue del Dr. Erill, que fue luego demolida para
construir la nueva. Conmigo estaban también parte de
los que iban a ser los futuros fundadores del Rotary
Club de Escobar.LAS
PRIMERAS REUNIONESYa
en la casa de Don César, saboreando un buen café y algún
trago, nos explicaron los principios de Rotary. Lo
que escuchábamos no eran ideas abstrusas, se comprendían
fácilmente: amistad, comprensión, lealtad en los negocios,
oportunidad de servir a los demás. En suma eran normas
de vida, las que aplicadas al proceder cotidiano, daban
la posibilidad de realizar y realizarse en forma inequívoca
y, combinadas entre sí, permitían desenvolverse mejor
en el medio ambiente, brindándonos la ocasión de devolver
a la Comunidad una pequeña parte de lo mucho que nos
dona cada día, directa o indirectamente.Al
cabo de un par de reuniones así, en forma privada, nuestros
padrinos consideraron que era necesario derivarnos a
una verdadera reunión rotaria.Nos
reunimos en la vetusta casona de los Vallare, que Don
Pedro, heredero de la misma, había transformado en hostería.
Recuerdo que comimos buseca, y bien preparada.Nosotros
los neófitos, observábamos todo con suma curiosidad,
hasta donde lo permitía la muy escasa iluminación de
la sala. No obstante la buena voluntad de Don Pedro,
quien había suplido con unos cuantos faroles de queroseno
al poco fluido eléctrico que apenas llegaba a Villa
Vallier.El
mazo, la campana, el mástil, las avenidas: todas cosas
nuevas y, en cierta forma, muy interesantes. Seguíamos
cuidadosamente el desarrollo de la reunión para sacarle
provecho. A los postres, alguien del Club Padrino sugirió
que nos preguntasen si queríamos comentar u opinar algo.
Dado que no embocábamos argumentos posibles y también
por la sorpresa de la pregunta, un amigo de Pilar me
aconsejó que narrara algún hecho vivido. Previo consentimiento
de los oyentes, pude referir unas peripecias padecidas
en mi campaña de guerra rusa del 1942-43. Se trataba
de la suerte de haber encontrado un mulo errante, abandonado
y de la ayuda que me había prestado durante una infeliz
retirada de casi cincuenta kilómetros desde la línea
de fuego.Terminé
el relato con el abandono del mulo, al poderme juntar
con el resto de mi batallón.Evidentemente
fue un racconto patético, pero decepcionó a Mariano
Olivera, quien, mientras me escuchaba, estaba calculando
un desenlace distinto. Se imaginaba que después de tanto
sacrificio y tanta hambre, por lo menos me iba a comer
una parte del mulo. Así me lo confió al terminar la
charla de mi aventura. Recuerdo
que hicimos dos o tres reuniones más en la “Hostería
de Villa Vallier”. En una de ellas fue charlista Justo
Ballester con un relato sobre Finlandia. Monografías
y publicaciones obtenidas de la embajada finlandesa,
complementaron una muy buena exposición.En
las pocas reuniones que llegamos a realizar, aprendimos
bastante sobre el funcionamiento de un Rotary Club,
mejor dicho lo suficiente para empezar a desenvolvernos
solos. Con el transcurrir del tiempo pudimos valorar
el empeño del Club Padrino para con nosotros, y en especial
el de Don Cesar que era el responsable ante el gobernador
para lograr ese comienzo de autonomía.La
casualidad quiso que en esa misma “Hostería Vallier”,
con casi un año de anterioridad, en septiembre de 1956,
se hallaban reunidos el Dr. Armando Maggio, el Dr. Adolfo
Siri y el Sr. Armando Dallera, todos rotarios de Campana,
con un grupo de vecinos de Escobar, entre ellos el Dr.
Luis María Morales, Fortunato Benzaquen, Santiago Murphi,
Roque Milite. Motivo de la reunión: la posible formación
de un club rotario en Escobar. Por las razones ya expuestas,
los de Campana no llegaron a materializar la noble inquietud,
mas la semilla había caído en tierra fértil. Hoy nuestro
Club, en modesto reconocimiento, considera al R.C. de
Campana como el “Club Abuelo”.Lo
amigos rotarios de Pilar estaban seriamente empeñados
en ayudarnos a ser autónomos, y lo demostraron realmente,
pues nunca faltaron representantes de Club a nuestras
reuniones para enseñarnos cosas. A veces era el Club
entero que trasladaba sus reuniones a Escobar para que
nos diéramos cuenta de la forma correcta de su desarrollo.
Así pudimos ampliar nuestros conocimientos sobre la
nueva terminología pidiendo la explicación de cada cosa
que ignorábamos.¿Quienes
eran los socios del Club Padrino en ese momento? Podríamos
saberlo consultando alguna guía. Mejor recordar los
que quedaron grabados en la memoria. Como olvidarse
del amigo Carlos Pandolfo, por haberlo tenido a mi lado,
por sus exuberantes dimensiones físicas, por haberlo
visto dormir cuando las reuniones llegaban al final.
Como no mencionar a los amigos César y Justo Ballester,
Roberto Girerd, Dante Manzoni, Arnoldo Wassermann, Catoldo
Bonfanti, Emilio Vergani. Todos se preocuparon de aclararnos
conceptos sobre la exacta interpretación de los objetivos
rotarios. Nos enteramos también que, de concretarse
su filiación, nuestro club formaría parte del Distrito
489. Para nosotros era más que suficiente, pero años
más tarde descubrimos que ese distrito se había formado
en el mismo año 1957. Anteriormente, hasta 1949, había
sido el Distrito 138, y diez años antes, era el Distrito
32, el cual derivaba del famoso Distrito 63, que en
1927 abarcaba la República Argentina, Brasil, Uruguay
y Paraguay.El
flamante Distrito 489 contaba entonces con poco más
de 1500 socios, hoy llega casi a los 2500 con 78 clubes,
a pesar de la quita de territorio sufrida en 1970 para
dar vida a los distrito 488y 490.EL
CLUB SOCIALLuego
de cuatro o cinco reuniones en conjunto con el Club
Padrino, nuestros asesores consideraron que estábamos
en condiciones de podernos manejar solos, y nosotros
también lo estimamos muy oportuno.Se
trataba de encontrar un local apto para realizar las
reuniones y luego nombrar las autoridades que actuarían
provisionalmente. Una elección digitada indicó a Fortunato
Banzaquen y Roberto Martelli como presidente y secretario.
Los mismos realizaron todas las gestiones necesarias
y consiguieron el permiso de efectuar nuestras reuniones
en el salón de Club Social, instalado en la planta alta
del edificio que tiene su ubicación en la esquina de
la calles Eugenia Tapia de Cruz y Juan P.Asborno, en
la misma vereda de la Iglesia Parroquial.Accedíamos
al primer piso por una escalera de madera que, tiempo
atrás, pudo haber sido un buen elemento arquitectónico,
pero el uso y el transcurso de los años habían consumido
los peldaños, y la pisada apoyaba sobre una superficie
indefinida, más bien irregularmente cóncava. La baranda,
también de madera, indicaba solamente que allí terminaban
los peldaños: no convenía apoyarse porque la habían
sujetada al resto con trozos de caños de hierro y algún
metro de piolín. Como no estaba iluminada, lo más conveniente
era subir costeando la pared.Arriba,
un salón de casi cuatro metros por nueve con mostrador
y bar en el otro extremo. Allí dominaba el ambiente
un enorme espejo de cornisa dorada y contornos rococó.
No faltaban las consabidas ménsulas de cristal con unas
cuantas botellas de bebidas alcohólicas. Al centro
una mesa muy estirada ocupaba casi todo el largo disponible.
A causa de la crónica deficiencia de energía eléctrica,
las muchas bombillas rojizas, que adornaban las paredes,
no alcanzaban a iluminarlo todo, pero todo tenía un
aire de fiesta y nos sentíamos muy cómodos para el fin
de nuestra presencia en ese lugar. Las deficiencias,
las pasábamos por alto.El
grupo se iba ensanchando gracias a la preocupación de
cada uno de nosotros. Mi aporte al incremento del número
de socios fue el haber provocado la presencia del Dr.
Juan José Lalli y Don Walter Smith. Invité al primero
por tener el consultorio odontológico en el mismo piso
en que funcionaba mi oficina, y al segundo por haber
mantenido relaciones amistosas desde los primeros meses
de mi estadía en tierra argentina. El amigo Lalli no
estaba muy convencido de la eficiencia de Rotary pero
decidió venir y se quedó. Don Walter, cuando lo visité
en su quinta de El Cazador, se mostró muy entusiasta
por mi invitación y me manifestó en el acto su deseo
de integrarse. Para corroborar su decisión, declaró
que ya tenía conocimiento de lo que era un Rotary Club.A
fin de octubre de 1957 habíamos alcanzado el número
de veinte futuros socios, el mínimo exigido por Rotary:
faltaba solamente el reconocimiento de la Secretaría
Internacional. Estábamos actuando como un club rotario
en formación, y la gran noticia de nuestro nacimiento
la dio el Gobernador Crespo en su carta mensual de diciembre
1957. Textualmente la comunicación a todos los clubes
de distrito estaba redactada en esta forma:“El
sábado 14 de noviembre ha comenzado a actuar en carácter
de Rotary Club Provisional un grupo de entusiastas hombres
representativos de las actividades profesionales y empresarias
de la localidad de Escobar, cuya nómina es la siguiente:
Emilio Bertolotti (id.) Alimentación), Roberto G.Martelli
(agrimensura), Canio Nicolás Iacouzzi (constar.) Edif.)
Reinaldo Baleriano (fabr. Acumuladores), Fortunato Benzaquen
(almac. Tienda), Roque Milite (carne venta), Manuel
Rizzardi (mater. Constr.), Alberto Ferrari Marin (ens.
Secund.), Walter J. Smith (constr. Ferrocarril), Armando
Leonarduzzi (fabr. Ladrill.), Amadeo Monti (bebidas
carb.fabr.), Hugo Aurelio Bardelli (prod.farm.fabric.),
Raúl D’Alessandro (seg. Acc.), José G.Aldorisio (art.
Eléctr. Venta), Santiago Murphy (seg. Vida), Juan José
Lalli (odontología), Mariano O. Olivera (forraje venta),
Jorge Kawano (almac. Venta), Elio Mancioli (fotografía).”“Han
venido realizando regularmente sus reuniones semanales
en el Club Social de Escobar (frente a la plaza), los
jueves a las 21 horas, de lo que les ruego tomar nota
y tener presente para visitarlos en la primera oportunidad.
Acompañado por mi representante especial Don César Ballester,
mantuvimos en la recortada fecha una agradable reunión
con los nuevos compañeros de Escobar, quienes pusieron
de manifiesto una adecuada preparación e interés, lo
que nos hace augurar su efectivo desenvolvimiento futuro”.
LAS
PRIMERAS BAJASLa
exhortación de Gobernador Crespo a todos los clubes
del Distrito dio sus buenos frutos: Casi todas las
reuniones se vieron complementadas con la presencia
de uno o más socios de otro Club, quienes venían para
alentarnos pero también para observar como enfocábamos
los distintos problemas sin provocar incompatibilidad
con el estatuto y reglamento de Rotary, de los cuales
todavía ignorábamos la esencia.Todo
socio rotario debería valorar la efectividad de su visita
a otro Club, y en especial si el mismo es de reciente
formación. Su presencia, acompañada de una discreción
que la experiencia aconseja, es un contribución moral
de indudable eficacia, y permite ampliar el horizonte
de la amistad sin degradarla como monopolio de pocos.
En esos primeros meses, periodo de forja para todos
nosotros, necesitábamos ese apoyo y lo conseguimos.Sin
esperarlo todo de los demás, nos movilizamos lo suficiente
para no dejar en descubierto la confianza con que nos
habían gratificado. No obstante, casi a fin de diciembre
del mismo año, se produjo la primera baja: Alberto
Ferrari Marin dejó de concurrir a las reuniones sin
motivos aparentes y sin justificar la causa de su decisión.En
la comunidad escobarense eran muy pocos (tal vez nadie)
los que podían opinar sobre Rotary, por consiguiente
abundaban las personas mal informadas que se preocupaban
de propalar suposiciones anómalas y fines hipotéticamente
no manifiestos de nuestra Institución. No faltaba quien
sabía que Rotary era una secta masónica, otros afirmaban
que no gozaba de simpatía en las esferas de la Iglesia
Católica, alguien aseguraba que era una célula de espionaje
norteamericana, y tantas otras cosas absurdas. Como
socio de Acción Católica que era en esa época, se me
podía originar una cuestión de antagonismo con mis creencias.
Al fin resolví el problema con criterios personales.
En primer término, pensé, podía haber esquivado la invitación
a integrar el conjunto rotario; en tal caso otro invitado
hubiera ocupado mi lugar. Luego consideré que los componentes
de la flamante Institución, ya eran mis amigos, o por
lo menos muy conocidos, así que no podía ocurrir nada
extraño. Además, en definitiva, tenía la oportunidad
de ver las cosas de cerca y advertir cualquier acontecimiento
incómodo.A
mediado de enero de 1958, una comunicación de Rotary
Internacional nos informó que ya formábamos parte de
la familia rotaria a partir del día siete del mismo
mes. La Carta Constitutiva llegaría luego.No
teníamos todavía el botón rotario para colocarlo en
la solapa, y encargamos a César Biglieri, recién incorporado,
y que viajaba diariamente a Buenos Aires, de traer unas
muestras. Trajo tres: uno de m$n 14, otro de m$n28 y
el último, de oro, de m$n 104. Al momento de elegir
se originó una polémica que nos costó la baja de otro
socio. Algunos
de los presentes aceptaban cualquiera de los tres, otros
aconsejaban comprar el de m$n 28, y Roque Milite sustentó
la opinión personal de que era necesario comprar el
botón de oro. Mariano Olivera intervino para aclarar
enfáticamente que para él podía andar muy bien un botón
de hormigón armado.“Que
cada uno compre el botón que quiera”, refunfuñó Emilio
Bertolotti, evidentemente molesto por la controversia
que se venía originando. Roque Milite salió en defensa
de su argumentación alegando que no se debía alterar
la uniformidad del distintivo. “Va a parecer un carnaval”
dijo; aparte, y con palabras serias, juzgó con severidad
el criterio de Mariano Olivera, considerándolo como
una falta de respeto al presidente de la mesa. Agregó
que se sentía muy ofendido por todo lo que acababa de
escuchar. En
ese momento no se dio mayor importancia a lo ocurrido,
pero Roque Milite no integró más la lista de socios.LA
ENTREGA DE LA CARTA CONSTITUTIVA No
había transcurrido el mes de marzo de 1958 y ya teníamos
nuestro banderín, al cual me tocó contribuir bosquejando
la distribución de sus elementos. La mayoría optaba
por la forma triangular: me pareció oportuno dibujar
el nombre de Escobar con letras de mayor a menor para
acompañar la forma del triángulo, y remplazar la O del
centro con la rueda rotaria. Alguien sugirió que figurara
también una flor en homenaje a los cultivadores de la
zona: signo premonitorio de nuestro futuro padrinazgo
a la “Fiesta Nacional de la Flor”. Primero se señaló
una rosa, luego un clavel y por último se optó por un
gladiolo.Para
diferenciarlo de los demás banderines de los años subsiguientes,
vale la explicación de que nuestro primer banderín tuvo
la forma de triángulo isósceles de diecinueve centímetros
de base por cincuenta y tres de altura: en rayón de
fondo blanco tiza y ribete dorado. Puesto horizontalmente,
a la izquierda figuraban las palabras Rotary Club con
letras doradas, atravesadas por un gladiolo. En la
parte alargada, la palabra Escobar con letras azules
y la O cambiada con una rueda rotaria dorada: debajo
de ella la aclaración de nuestro distrito.En
el mes de abril comenzaron los preparativos para la
fiesta de entrega de la Carta Constitutiva, o sea el
reconocimiento oficial y público de nuestra Institución.Tratamos
los servicios del restaurante “Los Patos Viccas” en
Ingeniero Maschwitz, a pocas cuadras del Automóvil Club.
Hoy ese gran local, con techos de tejas coloniales y
una gran chimenea en el medio, no existe más: ha sido
demolido para dar paso a la autopista del “Acceso Norte”.Fortunato
Benzaquen, en su calidad de presidente provisional,
a parte de cuidar los detalles de la fiesta, había encargado
una reproducción de la rueda rotaria sobre una tela
de dos metros por dos, la que adornaría la cabecera
de nuestra mesa.La
imprenta de Ernesto Cruz, frente a la plaza de Escobar,
se encargó de los folletos con menú y programa. La contratapa
de mismo llevaba impreso los nombre de los integrantes
de la Comisión Directiva y la nómina de los que habían
sido los socios fundadores. En la parte programa se
podía leer: Izar la bandera. 2º) Himno Nacional. 3º)
Presentación delegaciones visitantes. 4º) Palabras del
presidente del Club Padrino, Don Roberto Girer. 5º)
Entrega de la Carta Constitutiva por el Gobernador del
Distrito, Don Manuel Crespo. 6º) Palabras del presidente
del Rotary Club de Escobar. 7º) Entrega de botones rotarios.
8º) Canje de banderines. Números artísticos. Maestro
de ceremonia, Roberto Martelli. El menú indicaba: fiambres
surtidos, ensalada rusa, canelones a la Rossini, pato
Vicca, café, champagne. Sobraba también un espacio
para autógrafos.Todo
había sido calculado minuciosamente, o por lo menos
así lo estimamos. Lista a la mano, se repasaba cada
cosa para no dejarla librada al azar. Nos interesaba
quedar bien con las visitas.Sin
tener intención de atropellar al tiempo, llegó la noche
del 10 de mayo de 1958. Había llovido toda la tarde
en forma descomunal, y la entrada al restaurante estaba
bastante fangosa.Cada
uno de nosotros tenía su precisa tarea para desarrollar.
Junto al amigo Murphy nos tocaba recibir y ubicar las
delegaciones visitantes. Fue
todo muy bien hasta que se terminaron las localidades
preparadas, y no había más mesas disponibles. Las visitas
seguían llegando, a pesar del mal tiempo: nosotros,
con una excelente dosis de buena voluntad, seguíamos
agregando mesas y sillas, haciendo caso omiso a los
pocos velados reproches que formulaban nuestros invitados,
cuyo fastidio estaba a la vista. Como podíamos saber
en ese momento que muchos avisos de participación a
la fiesta no llegaron en nuestro poder, y por eso tuvimos
que ubicar casi sesenta personas más de las trescientas
previstas. Con
mi compañero de tareas consideramos prudente ir a comer
a la cocina: otros lo estaban haciendo en forma más
expeditiva, habilitando los pocos rincones libres con
algún cajón de botellas vacías.Al
final todo salió muy bien, y se pudo desarrollar el
programa en la forma prevista. La orquesta, durante
las pausas, disimuló bastante el vocerío de los comensales:
los músicos se encontraban ocultos detrás de una baranda,
por estar ubicados en el altillo del salón.
Hubo
abundancia de aplausos y también de poco ocultas emociones
cuando nuestras esposas nos colocaron el botón rotario
en la solapa, subrayando el acontecimiento con un beso.
Canio
Nicolás Iacouzzi