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Las
crónicas urbanas de
El Padre de los Loros
(Disponible en E-Boock)
Un
cuento de verano
(adelanto de la 5ta. Temporada)
La
generación
iPod vino para salvarnos

Cuando
veo padres preocupados por sus hijos vienen a mi
mente imágenes de mi triste infancia y me
pongo verde. Traer recuerdos a primer plano y hacer
odiosas comparaciones me incomoda.
Al decir padres preocupados me refiero a aquellos
que cortan una avenida porque sus hijos no tienen
calefacción o aire acondicionado en el colegio.
También los que prenden fuego un jardín
porque los chicos traen notitas abrochadas al guardapolvo
violando los mínimos códigos de protocolo
y buen gusto.
A donde estaban mirando nuestros padres cuando arruinaban
nuestras vidas?
Mi
sobrina, docente, me contó que una madre
trajo el nene al colegio sin vestir y le tiró
una bolsita con la ropa diciendo: "vestila
vos, yo no pude..."
Que pretendía esa bruja, vestirla a la fuerza
y arruinarle la psiquis a la criatura como hicieron
nuestros viejos con nosotros?
A mí nunca me preguntaban nada, mi vieja
a la noche ponía todo en el respaldo de una
silla esperando el acto castrense que implicaba
la vestimenta para ir al colegio. Y ojo con equivocarte...
porque nos vestíamos solos desde primero
inferior. No saben lo que es primero inferior? Entonces
no sigan leyendo, no tiene sentido que lo hagan.
Un día que se cortó la luz me vestí
como pude porque no se veía nada. Cuando
llego al colegio, mi maestra de 3er. grado, Nelly
Seminari me dice: "que guardapolvo raro",
caminó en derredor escrutando mi entorno
para luego exclamar: "pero esa es una camisa
blanca de hombre"... si claro me había
puesto la camisa de mi viejo. Un bochorno.
Hice la primaria en un colegio privado. Entendieron
bien, privado de todo lo material que puedan imaginar,
solo le sobraba de lo otro. La emblemática
Escuela Nº1 que funcionaba en la calle Rivadavia
en su intersección con Spadaccini.
Caminábamos
todos los días varias cuadras en terrenos
difíciles y en distintas condiciones climáticas.
Yo venía desde el lado de la panamericana,
vieja ruta 9, pasaba la laguna de la cancha de Sportivo,
luego tomaba el sendero que salía por lo
que hoy es el Jardín Japonés. Al costado
había una vieja casona con dos palmeras en
donde me esperaban varios perros para perseguirme
todos los días.
Nadie nos llevaba... no había corredor de
seguridad. Los creyentes, a la buena de Dios, los
ateos, solos por completo.
En verano vaya y pase, pero en invierno te la regalo.
De que cambio climático me hablan. Cruzábamos
sobre las zanjas congeladas y el hielo no se partía.
No existían las camperas, nos ponían
lo que entraba abajo del guardapolvo y arreglate.
Llegábamos morados y con los dientes castañeando.
Para revivirnos, Nelly nos cacheteaba media hora,
a mi una hora... nunca supe porque.
Para cuando servían el mate cocido que traía
la portera ya era tarde... no, no no..., no estábamos
todos muertos, estábamos corriendo por el
patio. Bueno no todos, algunos andaban arriba del
tapial que daba a Spadaccini, otros jugaban en el
sótano y no faltaban los que se escapaban
a tirar cascotes a los carros que pasaban por la
Rivadavia. Un sainete.
Como puede ser que nadie este preso... cuanta suerte
tuvimos que no nos pasara algo demasiado grave.
Aunque en una de esas si nos pasó y no sale
en la tomografía... yo sostengo que de ahí
viene todo este debacle.
Cuando terminaron las nuevas instalaciones, en la
entrada de Escobar, 25 de Mayo y Pellegrini, no
se les ocurrió mejor idea que hacernos participar
de la mudanza. Cientos de criaturas desfilaron como
el éxodo jujeño llevando los bártulos
al hombro hacia la nueva locación. Un disparate
por donde se lo mire. Creo que de ahí viene
mi crónico dolor de espalda.
Estudiar era un martirio. No solo por el innecesario
acto de instruirse, sino por la metodología
para hacerlo. Paso a ejemplificar.
Un día llego a casa con un instructivo bajo
el brazo con lo necesario para armar algo.
Mis viejos eran pocos colaborativos. Que digo poco...
cuando les preguntaba una cosa me salían
con: "para que te mando al colegio...preguntale
a la maestra", "fijate en el Lo se Todo".
Una madera con varias latas clavadas arriba y porotos
adentro. No se puede creer, eran las Netboocks del
subdesarrollo.
Comieron paté una semana seguida hasta que
se pudrieron y me tiraron todo por la ventana, terminé
armándolo yo solo, como lo hice con mi sofisticado
instrumento de música. Dos palitos de escoba
de 20 cm.
Hoy cuando veo los gabinetes que tienen los pibes
para las extraprogramáticas me caigo de traste.
Como no van a salir genios?
En otra oportunidad nos pidieron una madera de 30
x 40 cm y tapitas de gaseosas. Conseguí la
madera en el galpón revolviendo basura y
a riesgo de agarrarme el tétano, pero con
las tapitas de Coca no hubo caso. Por donde íbamos
solo encontrábamos corchos.
Recuerdo que en una época Coca había
puesto la figura de un Falcon en algunas tapitas
y si te salía te ganabas un auto. Que loco,
no?
Agarramos las bicicletas y nos fuimos en patota
a recorrer la ciudad. Agachados debajo de las mesas
de los bares logramos el objetivo. Pero nos costo
varios días de rastrillaje desde la pizzería
que estaba al lado del cine Rex pasando por la Rivadavia
hasta llegar al bar de Demarco. Mas allá
no podíamos sin permiso.
Para que era todo eso?
Nos hicieron clavar las tapitas boca arriba en la
madera para hacer un felpudo.
Recuerdo perfectamente cuando lo puse en la entrada
de la cocina. Mi viejo venia embalado con la estufa
a kerosén que había prendido en el
patio por el olor y casi se estampa contra la pared.
El felpudo debe haber caído en Matheu cuando
lo revoleó.
En sexto nos enseñaron a trabajar con logaritmos,
resolver raíz cuadrada y otras cosas que
no recuerdo o no quiero recordar por miedo. El maestro
Lito Díaz estaba loco... Para que?... A donde
quería llegar?... que quería probar?
Eso hoy lo ve el pibe mió en la facultad
y lo resuelve con una Hp que tiene en el bolsillo.
Que
vida aburrida. A la hora de la siesta se acababa
el mundo. Los padres te asustaban con el Curupí
o la gitana para que no salgas. Claro, los muy irresponsables
dormían a pata suelta y nadie nos cuidaba.
No se si prescribió pero habría que
denunciarlos por abandono de persona.
Cuando
todo estaba en calma escapábamos y nos reuníamos
en el monte que estaba atrás de la clínica
Fátima, en ese tiempo el colegio del Norte.
Media manzana de tupido follaje que nos permitía
realizar un nutrido porfolio de tropelías.
Algunas de suma peligrosidad que haría empalidecer
al mismísimo Rambo.
Tanto
escándalo ahora porque los jóvenes
se ponen aros, implantes, tatuajes... y nuestras
cicatrices?. Nadie habla de nuestras cicatrices.
No hablo de las que no se ven, con esa podes caminar
y no se ríe nadie, hablo de las que nos hicimos
por negligencia de quienes debían cuidarnos.
Esas que hicieron los sifones de vidrio que se caían
o explotaban. Que demente manda un niño a
comprar soda?. Las que nos quedaron por jugar en
pata en el potrero, caernos del árbol, o
jugar con cuchillos. Quien no ha jugado con cuchillo?
Nosotros poníamos a un vecino que le teníamos
bronca en una madera en el fondo de casa y le tirábamos
con cuchillos. Hasta hoy recuerdo la cara del pibe.
Ni que hablar de las mordeduras de mascotas. Porque
todo bicho que corría por el pasto caía
en nuestras casas. Nuestros viejos eran especialistas
en tener mascotas que no se podían tener.
Después nos mandaban a nosotros a alimentarlas
y terminábamos siendo su alimento. Yo, particularmente,
tuve mas surtido de animales que Temaikén.
Pensar que un día se me resbalo una cerveza
de la góndola del súper y cuando estalló
se cortó levemente uno de mis hijos. Amen
de rociarnos los dos con el líquido de su
interior. Cuando fui al hospital por poco me llevan
en cana. Eso es cuidar a la infancia. Y pensar que
mis padres y los de mis amigos están sueltos.
Retomo
la historia, cuando teníamos sed o hambre
parábamos en la casa de alguna nona. Siempre
había una nona cerca.
Éramos abastecidos de comida naturalista
y agua fresca para continuar la aventura.
Mi abuela hacia yogurt cortando la leche casera
en una cacerola sobre el marco de la ventana. Las
bacterias del aire hacían todo el proceso.
Puaggg, no puedo explicarme como no hubo muertes
en masa como en Guyana.
Hoy tienen la suerte de contar con, lactobacilos
G, H, V corta y B larga...Actimel, Activia, y todo
en varias presentaciones, líquido sólido,
semi sólido, con cereal, fruta, con sabor
sin sabor y hasta semi masticado.
Ahora
no solo que no hay nonas.. si a un pibe se le ocurre
decirle abuela a una mina de cincuenta. toda tuneada,
le baja la mitad de la dentadura.
Si
teníamos suerte de enganchar el recorrido
del regador que manejaba Juanillo nos colgábamos
de la parte trasera y hacíamos un City Tour
gratuito. Después tenemos el tupé
de criticar a los pibes que se suben al techo de
los trenes.
De noche era algo parecido. Había una lámpara
de 100 por cuadra, en el medio veíamos guiados
por la luz plomiza de la luna. Claro que cuando
había luna.
Dos por tres nos estrolábamos contra algo,
un camión parado, un pozo, una zanja, un
alambrado... entre nosotros.
Recuerdo vividamente cuando me mandaron a buscar
una enfermera a las 10 de la noche. No es necesario
aclarar que no había teléfonos de
ningún tipo ni servicio de ambulancias...
hoy se quejan que no hay gasas en los centros de
salud. Tienen tiempo para que les cuente lo que
nos faltaba a nosotros?
Agarro la bicicleta Aurora negra con todos los chiches
que la tecnología de los 60 me permitía
tener -menos luz porque era cara- y salgo a mil
por Travi, sentido oeste-este.
Conocía todo de memoria, pozos, huellones,
puentecitos etc. Sabía que a mitad de cuadra
había una montaña de tierra de unos
tres metros de alto que hacia meses que estaba y
ya la teníamos alisada para subir por un
lado y bajar por el otro.
El estado siempre se tomo sus tiempos para hacer
las cosas. Eso no viene de ahora.
Tomo impulso, me paro sobre los pedales, el corazón
se acelera, siempre me daba miedo hacerlo, pero
la bajada justificaba todo.
En la oscuridad, recortada por la amarillenta luz
de la esquina se divisaba la improvisada rampa.
Veinte, diez, cinco metros... siiiii...Aurora apunta
hacia las estrellas, estoy arriba y ... de pronto
la nada. La mismísima nada se abre bajo mis
pies. A algún energúmeno se le ocurrió
empezar a sacar la pila de tierra hoy.
Caímos como plomo.
Como pude llegué a casa. Sin la enfermera,
con Aurora destruida y los dientes en la mano.
Después trajeron la enfermera... para mi.
Un
capítulo aparte eran los días de lluvia.
Apenas paraba sacábamos todos los juguetes
de agua para jugar en la zanja. Si en la zanja.
Hoy le pongo a los pibes míos un frasco de
alcohol con gel en cada bolsillo para ir a la facultad.
No puedo entender que buscábamos en esas
actitudes riesgosas. Porqué no sentarnos
a ver el fuego del hogar o a escuchar la radio.
Pero no.
Insistíamos con cosas descabelladas y sin
sentido como recorrer talleres mecánicos
en busca de rulemanes para hacer carritos. Carritos...
para que?
Yo había fabricado una hélice con
la tapa de una lata de durazno que salía
de un carrete de hilo al tirar de un cordel.
Una vez se la clavé en la frente a un pibe
del barrio, casi me mandan a un reformatorio.
Me salve por inimputable. Pero acaso la culpa la
tiene el chancho?
Terminábamos
el día, embarrados, sucios y transpirados.
Caíamos en la cama muertos de cansancio,
la casa se iba apagando y el barrio se ponía
en silencio. No se sentían ruidos raros,
ni bips, ni pips, tampoco se veían leds que
diera la pauta que algo se estaba cargando. La vida
parecía seguir al sol. El viejo reloj de
cuerda era el único que dominaba la escena,
su martillar, por conocido ya no perturbaba nuestro
descanso.
A veces se escuchaba un leve soplido de estática
que evidenciaba a algún viejo dormido en
el diván frente al televisor sin señal.
La parte oscura del mundo se apagaba respetuosamente
esperando la solemne salida del sol y nosotros descansábamos
repasando con nuestra mente la película del
día.
Los muy ingenuos nos creíamos felices. Seguro
que nos daban algún medicamento en etapa
de experimentación.
No
se como pudimos subsistir con tantas carencias.
Sin electrónica, sin comunicaciones, sin
conectividad, sin ningún High School... aunque
sus dueños seguros que son de mi época...
deben de haber sufrido como yo... pero quizás
no quieren que a los demás les quede el mismo
trauma.
No me imagino una sociedad sin poder llevar los
chicos a pasear por los shopping y la oportunidad
de conocer el verdadero Papa Noel. Sin la amistad
virtual, las redes sociales, la blackBerry, el pran
time y podría estar horas y horas enumerando
todo de lo que fui privado. Si por lo menos hubiera
tenido un Tamagotchi como amigo. No... ni eso...
solo tuve un renacuajo en un frasco de mayonesa
en la mesita de luz.
Nos hacían repetir el año. Hay que
ser mal nacido, por suerte hoy promocionan por ley.
Esta comprobado científicamente que hace
daño repetir. Doy fe, tengo un amigo que
quedó turuleco.
Y las amonestaciones? Hay algo peor? Autodisciplina
es la solución. Lo que hubiéramos
dado nosotros por tener autodisciplina.
Aunque si la hubiéramos tenido yo no habría
aprendido a falsificar firmas. Me habría
perdido mi primer microemprendimiento.
Es
imperdonable el daño que les han hecho a
esos pequeños, en los que me encuentro. Claro
que hubo algunos que zafaron. Yo no... si no fuera
por un reconocido psiquiatra de la zona oriunda
del benemérito y nunca debidamente admirado
Loord Mayor, ya estaría entre rejas.
Para ser honesto estoy entre rejas, del julepe que
tengo a los afanos.
El chaleco de fuerza químico me mantiene
con los pies en el suelo... para cuando "Plidan
para Todos"?
Nuestra
generación no se vio libre de estimulantes
artificiales, aditivos y otras porquerías
que consumimos y de las que debo hacerme cargo.
O vamos a pensar que todo eso es nuevo.
Me refiero claro a la Coca-cola con Geniol y al
Gofio... pasando por el cigarrillo de chocolate,
la bananita Dolca, la ensalada de fruta con vino
tinto entre otras cosas... y ni que hablar cuando
masticábamos la brea de las juntas del macadán.
Gracias
a Dios que se terminó con ese cúmulo
de arbitrariedades, torturas y vejámenes
de los que hemos sido objeto y cuya consecuencia
esta a la vista de todos.
Sino
que otra explicación puede tener las actitudes
de la generación que nos estuvo y esta gobernando?
Esa compulsiva necesidad de ser queridos en exceso,
una, dos, tres mujeres. Ya no pasaran mas frió
y menos que menos calor. Split y losa radiante donde
sea que estén. Autos grandes, muy grandes,
altos y poderosos, de muchos cilindros es lo que
tapa toda falencia. Caminar?... nunca mas.
Viajes, muchos viajes... salgo el viernes de compra
a Miami y vuelvo el lunes. La nena quiere ir a Disney
y de paso llevo a todo el grado. Acapulco, Cuba,
Maseio, nunca mas meter las patas en el barro del
Rio Luján.
Y por último juguetes... porque no nos engañemos,
nunca dejamos de jugar, la diferencia es que de
grande lo hacemos con juguetes caros.
Ahora veo claramente, entiendo el tema de los yates,
las motos de agua, los bulines, las piscinas climatizadas
con robot limpiador y los Rolex. No me queda claro
como justificar psicológicamente los pisos
en las torres, los locutorios y otras yerbas pero
no importa... es por mi propia ignorancia. Seguramente
la corriente Freudiana lo hará.
Pero
esto tiene una salida. No, no me refiero a Ezeiza.
Es la generación que viene, la que se libró
de todo lo expuesto. La que fue protegida y provista
de los nutrientes para garantizar una perfecta evolución.
Es
totalmente inútil saber como prender un fósforo...
cambiar una garrafa o una cubierta. Alguien lo hará
por ellos.
No tiene sentido andar expuesto a la radiación
solar cuando podemos estar encerrados horas y horas
en un ciber, en nuestro cuarto o aislados con un
auricular bajo el descanso de la escalera.
Supongo que nos quieren convencer sobre la importancia
de las conexiones biológicas. Pamplinas.
Fueron preservados para algo superior, estoy seguro...
si mi generación parió los políticos
en curso, la generación iPod tendrá
los suyos en correlato.
El futuro se esta escribiendo hoy y se verá
mañana así como hoy estamos viendo
lo que se escribió hace cincuenta años
Éramos tan pobres...y lo peor de todo es
que nos creíamos ricos y felices.
Después
no me digan que no se los advertí.
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