Opinión
/ Escobar, 16 de enero de 2012
Por
Jorge Derra
(de vacaciones)
Los pájaros
y el agua
Apenas pasan dos horas del mediodía de
un terrible día de enero, estoy dentro
de mi casa fresco y cómodo, en realidad
no tan cómodo. Por la ventana los veo,
están tristes, callados con un silencio
que duele. Me levanto del sillón sin hacer
ruido, mi mujer descansa. Encierro a Laura, Tonto,
la Negrita y a Cata, los tres perros y la gata
de la casa en la cocina, aunque mi mujer se enoje
cuando se levante y los vea, es indispensable,
ellos con su instinto animal, lo arruinarían
todo.
Salgo al sol intratable de las dos de la tarde,
enciendo la bomba, una sumergible ubicada a 70
metros de profundidad que nos obligo a seis meses
de privaciones para poder pagarla pero a ahora
me gratifica sacando 5000 litros de agua por hora,
sin ella la huerta seria casi una utopía.
No voy a regar, los manuales mas elementales dicen
que es dañino para las plantas hacerlo
a pleno sol. Hay algo, innecesario para la mayoría
de las personas, que si puedo hacer a esta hora.
La manguera lanza un chorro potente y pleno de
agua fresca, como si saliera de un dispense de
oficina. En el suelo se van haciendo charquitos
que no tardan en transformarse en precarios lagos
diminutos. Entonces sucede
El primero de
ellos baja receloso, pasa por encima del agua
como estudiándola, pero en realidad me
observa a mi, unas cuantas vueltas, por fin se
anima, se detiene casi en el aire, al borde mismo
del charco y comienza a beber con recelo, pero
con igual ansiedad, la sed lo impulsa a ser intrépido.
La sequía ha desprovisto de agua a todos
los huecos donde naturalmente se acumula, troncos
de árboles, hojas de xerófitas caídas,
etc. Hasta las cunetas están secas y las
que tienen un poco de agua es la que viene de
las piletas que nosotros los humanos derrochamos
agregándole cloro. Yo lo observo casi sin
respirar, trato de no mirarlo esperando que al
fin se decida y él se decide, se mete en
la ínfima porción de agua derramada
y perdiendo el temor se refresca alzando sus alas
y emitiendo un sonido que apenas alcanzo a oír,
pero sirve para que inmediatamente, decenas tal
vez un centenar de pajaritos, de todas las clases
inimaginables, comiencen a bajar de los árboles,
se zambullan en los pequeños oasis que
la manguera construyó en el suelo, beben
y se bañan alborozados. Los hay de todos
los tamaños, desde las diminutas tacuaritas,
hasta los benteveos y pájaros carpinteros,
gorriones, jilgueros, calandrias, zorzales, horneros.
Una nube de indefensos pájaros sedientos
disfrutando, tan solo de un poco de agua, el alma
se me estruja y me quedo mirándolos, impávido.
¿Sabremos los seres humanos lo que hacemos
cuando destruimos el planeta, cuando cortamos
los árboles donde anidan, secamos los ríos
donde beben y se bañan, quemamos los pastizales
donde comen, urbanizamos los pajonales donde se
guarecen de las sequías? ¿En nombre
de que supuesta superioridad nos creemos con el
derecho a exterminarlos? Mis ojos están
a punto de lagrimear, mi alma no encuentra respuestas
a tales interrogantes, los miro con la tristeza
infinita del que se siente culpable, ellos disfrutan
con mesura del regalo húmedo del agua ansiada.
Mi mujer se levanta, abre la puerta, los perros
salen excitados por la presencia de los pájaros,
ellos echan a volar satisfechos, pero antes tal
vez sabiendo de mi hipoacusia me regalan un trino
colectivo en el tono mas alto y claro, es un pago
inesperado que me conmueve hasta la felicidad.
Vuelvo sobre mis pasos y no se porque se me cruzan
por la cabeza los niños ricos llenos de
tristeza que buscando un poco de dicha pagaron
miles de dólares por un crucero que encallo
frente a una isla. Apago la bomba y el agua deja
de salir, sombras felices me observan desde los
árboles.
Hay que vivir como se habla